Sección
Sobre la traducción Nº 13
Coordina Lic. Prof. María Isabel Barranco
En esta nueva entrega acerca de los problemas de la traducción
el rumbo nos lleva hacia un texto narrativo de Ernest Hemingway
(1898-1961). El abordaje se emprende a partir del nivel lexical,
que se focaliza como un nivel problemático, ya que nos encontramos
ante un texto escrito en lengua inglesa por un norteamericano del
cual se cotejan dos versiones: una en el español de la península
y la otra en el español de la Argentina de hoy. Desde este
enfoque, la traducción nos conduce inevitablemente a pretender
el logro de la comprensión del texto que hemos seleccionado.
A medio siglo de su publicación, este fragmento de la novela
de Hemingway remite a la propuesta de escritura de una generación,
la de los narradores norteamericanos de la primera mitad del siglo
XX. Contemporáneo de Fistzgerald, Faulkner, Dos Passos y
Steinbeck, y aunque vinculado con cada uno de ellos, nos presenta
un mundo espiritual y una narración que subrayan un momento
muy subjetivo en la concepción de la vida y de la sociedad
en la novela norteamericana.
TRADUCIENDO LITERATURA
REFLEXIONES, PROBLEMAS INTRALINGÜÍSTICOS Y HEMINGWAY
AÍDA GRYN *
MABEL MARTÍNEZ *1
Como dice Newmark en su Manual de Traducción, la traducción,
muchas veces, es verter a otra lengua el significado de un texto
en el sentido pretendido por el autor. Mounin, en tanto, sostiene
que la traducción puede simplemente reproducir, o ser, el
original. Por eso la principal tarea del traductor es traducir.
Y García Yebra dice que lo que debe ser tra-ducido, tras-
ladado “llevado al otro lado” es la obra original. Trasladar
los textos considerando las particularidades lingüísticas
de los lectores del producto a traducir.
Suzanne Jill Levine, en su libro “Escriba subversiva: una
poética de la traducción” (México, FCE,
1998), sostiene que el traductor literario, lejos de la idea tradicional
de verlo como un escriba servil y anónimo, debe considerarse
como un escribano subversivo. Su labor destruye la forma del original,
a la vez que reproduce el sentido de una nueva forma; después
de todo, la primera y última función de la traducción
es la de relacionar ambiciosamente y con destreza los significados.
Hablar de traducción literaria, parafraseando a Esteban
Torres en su “Teoría de la Traducción Literaria”
(Madrid, Síntesis, 1994), no implica en modo alguno una “sacralización”del
texto literario y su tajante separación de las restantes
formas del discurso oral o escrito, sino todo lo contrario: “sólo
se desea resaltar-ahora sí con palabras de Torres- que no
se prescinde de las propiedades formales de expresividad, delimitación
y estructuración que caracterizan al texto literario”.
Otro maestro y genio de la literatura y de la traducción,
Jorge Luis Borges, en algún momento produjo, tal vez, en
tono dubitativo, el siguiente discurso: “Quizá el oficio
del traductor es más sutil, más civilizado que el
del escritor: es obvio que el traductor viene después del
escritor. La traducción es una etapa más avanzada”.
Humildemente, nos identificamos con esta idea subrayada por el escritor
argentino y nos hacemos cargo.
En un comentario sobre “La tarea del traductor” de
Walter Benjamin, Maurice Blanchot escribe: “El traductor es
un individuo extraño y nostálgico, experimenta en
su propio lenguaje, aunque en forma de carencia, todas las afirmaciones
presentes que promete la obra original (o lo que queda del original
–un original que el traductor nunca puede alcanzar del todo
ya que no está en casa, cómodo en su idioma, sino
que es un huésped eterno que no vive alli-). Por eso, sí
confiamos en los testimonios de especialistas, al traducir tenemos
más problemas con nuestro propio lenguaje que con el que
no poseemos”.
Estos comentarios parafraseados, compartidos y reforzados sirven
como marco para presentar este artículo. Trabajar con las
lenguas ha dado lugar a que desarrollemos una “conciencia
interlingüística” -y, desde ya, irremediablemente,
una “conciencia intralingüística”-: constituimos
una única humanidad, retomando palabras de Mario Wandruszka
(“Interlingüística”, Madrid, Gredos, 1980),
pero no nos entendemos en la acepción más simple de
las palabras, porque hablamos tres mil lenguas diferentes, porque
nos distinguimos a causa del uso de innumerables dialectos y sociolectos”.
Ahora bien, pero ¿qué pensamos acerca de esos componentes
lingüísticos que son las palabras –fundamentales
para el traductor? Las palabras no son unívocas ni monosémicas.
Para el agente traductorial no significan sino que son. Nacen a
la vida cuando se pronuncian Las palabras son grafías, son
sonidos. No son nada; no valen nada. Algunos dicen: son todo lo
que tienen los traductores.
En cada comunicación verbal utilizamos las palabras como
piezas de un juego. Esos juegos son producto de las relaciones semánticas
que se ocultan entre las palabras y nos demuestran que el significado
de las palabras varían según su uso –ya lo expresaba
el filósofo del lenguaje, Wittgenstein- y su posición
con respecto a otras unidades lingüísticas. Dicho de
otra manera –en términos de S.J.Levine-, cuando juegan,
las palabras hacen el amor: “conjugación y copulación”.
Traducir es jugar con las palabras y esos juegos confunden al traductor
y, en ocasiones, lo obligan a traicionar. Recordemos las similitudes
fonéticas entre traduttore y traditore y las diferencias
semánticas. La traducción busca y enfatiza los vínculos
ocultos que puedan existir entre dos lenguas, entre dos culturas,
entre dos poesías.
Mencionamos juegos verbales, palabras, que nos llevan al léxico.
El léxico designa al conjunto de las unidades que forman
la lengua de una comunidad, de una actividad humana, de un hablante.
Esas unidades no pueden estudiarse aisladas, ya que su análisis
constituye una parte fundamental del discurso a traducir.
También debemos señalar que esas unidades lexicales
son parte del estudio. Podemos expresar nuestras ideas no sólo
mediante una palabra sino a través de frases ya existentes
en la lengua, en locuciones, fórmulas verbales o modismos;
o bien a través de variedades dialectales. Los estudiosos
no han elaborado todavía un criterio único para enfocar
la fraseología, clasificar los giros idiomáticos,
determinar en qué se diferencian unos grupo de palabras de
otros y que principios deben seguirse para analizar las maravillosas
posibilidades de la lengua y de sus creadores. Es natural que así
sea, pues las dificultades y sutilezas que se presentan en el estudio
de las expresiones estables y frases hechas son infinitas. Otra
problemática que es conveniente indicar es la que se relaciona
con los topónimos.
Estas estructuras lexicales entrañan una gran dificultad
para los traductores. Parafraseando un proverbio, se puede decir:
Lo que es bueno para el retruécano es la muerte para el traductor.
El traductor debe disponer de un amplio saber lingüístico,
de una importante competencia comunicativa en la lengua meta que
le permita decidirse por la opción léxica adecuada.
Muchas pueden ser las correspondencias que se den en la lengua 2.
Entonces, se produce un fenómeno llamado diversificación.
También puede darse que en la lengua meta exista una sola
correspondencia y hablamos de neutralización. Otra situación
es posible cuando no sólo se dan menos expresiones en la
lengua de llegada que en la original, sino que a una palabra no
le corresponde ninguna. Así, pueden darse los llamados vacíos
lexicales, que, según creemos, se superan con los préstamos,
neologismos, calcos semánticos y hasta, en algunos casos,
con la incorporación del elemento lingüístico
de la lengua 1 y la nota aclaratoria a pie de página; por
ejemplo, en el caso de los regionalismos.
Nos proponemos, ahora sí, después estas necesarias
reflexiones, trabajar a Ernest Hemingway, y en la amplitud de su
obra y de su interesante manejo lingüístico, un fragmento
de una de sus obras más reconocidas. Debemos escuchar las
voces de los escritores de otras latitudes e intentar entender las
maneras en que a los lectores de español de la Argentina
se les comunica la literatura, la literatura traducida, la literatura
universal.
Hemingway es un escritor que maneja un lenguaje vigoroso, concreto
y despojado. Su universo narrativo plantea conflictos entre una
vida libre y otra exigida por vínculos sociales y afectivos.
The Old Man and the Sea [trad. esp. El viejo y el mar] del año
1952 es la novela de la madurez del autor norteamericano. Para Hemingway
como para sus personajes es inútil engañar a la vida,
tratar de explicarse el problema del mal y del dolor, buscar sus
causas en la coyuntura histórica y social. La vida es una
mezcla de bien y de mal, cuya superficie puede ser brillante e ilusoria,
pero debajo de ella hay otra realidad: el dolor y la muerte En la
novela utiliza un símbolo, el pescador, para señalar
el conflicto nunca resuelto entre hombre y naturaleza, entre el
hombre y el gran pez.
Del párrafo seleccionado para trabajar, ofrecemos el original
y la traducción realizada por Lino Novas Calvo y la de una
de las coautoras del presente artículo.
He was an old man who fished alone in a skiff in the Gulf Stream
and he had gone eighty-four days now without taking a fish. In the
first forty days a boy had been with him. But after forty days without
a fish the boy’s parents had told him that the old man was
now definitely and finally salao, which is the worst form of unlucky,
and the boy had gone at their orders in another boat which caught
three good fish the first week. It made the boy sad to see the old
man come in each day with his skiff empty and he always went down
to help him carry either the coiled lines or the gaff and harpoon
and the sail that was furled around the mast. The sail was patched
with flour sacks and, furled, it looked like the flag of permanent
defeat.
(Ernest Hemingway,
The Old Man and the Sea, Penguin Books, 1970. Great Britain)
Era un viejo que pescaba solo en un bote en el Gulf Stream y hacía
ochenta y cuatro días que no cogía un pez. En los
primeros cuarenta días había tenido consigo a un muchacho.
Pero después de cuarenta días son haber pescado, los
padres del muchacho le había dicho que el viejo estaba definitiva
y rematadamente salao, lo cual era la peor forma de la mala suerte,
y por orden de sus padres el muchacho había salido en otro
bote que cogió tres buenos peces la primera semana. Entristecía
al muchacho ver al viejo regresar todos los días con su bote
vacío, y siempre bajaba a ayudarle a cargar los rollos de
sedal o el bichero y el arpón y la vela arrollada al mástil.
La vela estaba remendada con sacos de harina y, arrollada, parecía
una bandera en permanente derrota.
(Ernest Hemingway,
El Viejo y el Mar, Editorial Seix Barral, 1986. Barcelona, España.
Traduc. Lino Novas Calvo, cedida por Editorial Planeta)
Era un viejo que acostumbraba pescar solo en un pequeño
bote en la zona de la Corriente del Golfo y ya habían pasado
ochenta y cuatro días sin que pescara nada. Durante los primeros
cuarenta días un chico estuvo con él. Pero después
de cuarenta días sin un pescado, los padres del chico le
dijeron que el viejo estaba sin ninguna duda, totalmente salao,
que significa estar perseguido por la peor mala suerte y entonces,
siguiendo las indicaciones de sus padres, el chico salió
en otro bote que pescó en la primer semana tres buenos ejemplares.
Al chico le causaba tristeza ver al viejo regresar día tras
día con el bote vacío y siempre bajaba para ayudarle,
ya sea para llevarle las línea enrolladas o el arpón
y el lanza arpón y la vela que estaba plegada alrededor del
mástil. La vela estaba remendada con bolsas de harina y plegada
se veía como una bandera de permanente derrota.
(Traducción Aída Gryn)
En este pasaje de la obra se pueden considerar dos problemas en
la búsqueda de los equivalentes lexicales para la traducción
y un problema interesante entre las traducciones realizadas al español.
En primer lugar la unidad lexical salao, que utiliza el autor, se
mantiene en las traducciones. Es una transcripción de una
palabra que ha sufrido la elisión de la consonante –d.
Hemingway ha respetado la forma de la oralidad. Según los
diccionarios, es una forma utilizada en América Central,
especialmente, en Cuba con el valor de desgraciado o desafortunado.
Por lo tanto, es un regionalismo incorporado, sin equivalente. Una
resolución posible cuando el sustituto en la lengua 2 no
surge. Aquí rozamos toda una problemática que se suscita
entre el traductor y el lexicógrafo. Éste debe presentar
una serie de posibilidades para solucionar el caso de un elemento
sin equivalencia ; mientras que el traductor tendrá que superar
el plano del diccionario y resolverlo. No traslada el término
y apela a recursos tipográficos para destacarlo.
En el texto original se expresa He was an old man who fished alone
in a skiff in the Gulf Stream; en la primera traduccion, Gulf Stream,
una construcción toponímica, se mantiene igual. En
tanto, en la segunda se precisa Corriente del Golfo. Hay decisión
de traducir la estructura. Aquí se propone un nuevo conflicto.
En este caso, la equivalencia es posible. El traductor traduce textos
y debe estar atento a las instrucciones semánticas, estilísticas,
léxicas, gramaticales y extralingüísticas, o
sea, el contexto histórico, cultural, social y físico,
sin obviar al posible lector. La solución doble responde
a intereses diferentes, pensamos. Mantener la fórmula en
inglés, en la traducción de Seix Barral, es un indicio
destacado del origen del autor y de la lengua que maneja; la segunda
alternativa, también, es válida. ¿Por qué?
El traductor literario es un buceador de otro texto, en el que se
interna, investiga y reconstruye un nuevo discurso; sabe que se
enfrenta a un texto no estandarizado ni normalizado. Por eso, traducir
“algo posible”, una construcción que tiene sus
equivalentes en la lengua traducida, no afecta sino se adecua, concretamente,
en el texto elegido y resulta necesario.
Planteamos una tercera posibilidad de análisis, en el original
se lee: and he had gone eighty-four days now without taking a fish.
En la traducción hispana: y hacía ochenta y cuatro
días que no cogía un pez. En tanto en la traducción
que respeta la variedad de español utilizada en Argentina:
y ya habían pasado ochenta y cuatro días sin que pescara
nada.
El problema central está dado en una cuestión de equivalencia
intralingüística. Hay palabras sinónimas –hablamos
de este fenómeno semántico sin discutirlo- que no
tienen diferencias desde el punto de vista del significado referencial
ni del connotativo; sin embargo, se dicen de otra manera en España
con respecto a Argentina. Las diferencias se dan sólo en
el nivel del significante, de los formantes. Por ejemplo, en el
español de la península hay una serie de verbos agarrar-asir-coger-tomar,
cuyos equivalentes, en el español de la Argentina –un
caso de traducción intralingüística-, son agarrar
y tomar. El verbo coger no se usa con el valor signficativo de agarrar
por ser un término tabú. La segunda traducción
propone una forma concreta: indicar la acción a través
del verbo que refiere a lograr un pez. Otro ejemplo parecido al
citado, se da en la elección que hace el traductor de origen
español y propone sacos de harina; mientras tanto, desde
la variedad argentina, se prefiere bolsas de harina.
La traducción literaria es un desafío constante para
quienes trabajamos con las lenguas porque sabemos que el texto escrito
a traducir debe transformarse en un nuevo texto que se adecue a
las variedades lingüísticas –español de
la Argentina- y a los aspectos estilísticos del original.
Sabemos que la tarea del traductor es traducir.
* Profesora y Traductora en Inglés.
*1 Profesora y Licenciada en Letras.