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Sumario

Cardenal, por Jorge Boccanera
Oración Por Marilyn Monroe, por Ernesto Cardenal
Los cucos argentinos, por Marcelo Britos
Informe Dadaísmo, por Sergio Gioacchini
El arcón de Jorge Isaías: Edgar Bayley
El escritor virtual, por Adrián Bussolini
La duda cruel, por Andrea Ocampo
Los flagelantes, cuento de Marcelo Britos
Sección Traducciones: Ernest Hemingway, por Mabel Martínez y Aída Grynt
Novedades: nuevos libros
Guía para el uso de burócratas principiantes

Sección
Sobre la traducción Nº 13
Coordina Lic. Prof. María Isabel Barranco

En esta nueva entrega acerca de los problemas de la traducción el rumbo nos lleva hacia un texto narrativo de Ernest Hemingway (1898-1961). El abordaje se emprende a partir del nivel lexical, que se focaliza como un nivel problemático, ya que nos encontramos ante un texto escrito en lengua inglesa por un norteamericano del cual se cotejan dos versiones: una en el español de la península y la otra en el español de la Argentina de hoy. Desde este enfoque, la traducción nos conduce inevitablemente a pretender el logro de la comprensión del texto que hemos seleccionado.
A medio siglo de su publicación, este fragmento de la novela de Hemingway remite a la propuesta de escritura de una generación, la de los narradores norteamericanos de la primera mitad del siglo XX. Contemporáneo de Fistzgerald, Faulkner, Dos Passos y Steinbeck, y aunque vinculado con cada uno de ellos, nos presenta un mundo espiritual y una narración que subrayan un momento muy subjetivo en la concepción de la vida y de la sociedad en la novela norteamericana.


TRADUCIENDO LITERATURA
REFLEXIONES, PROBLEMAS INTRALINGÜÍSTICOS Y HEMINGWAY

AÍDA GRYN *
MABEL MARTÍNEZ *1

Como dice Newmark en su Manual de Traducción, la traducción, muchas veces, es verter a otra lengua el significado de un texto en el sentido pretendido por el autor. Mounin, en tanto, sostiene que la traducción puede simplemente reproducir, o ser, el original. Por eso la principal tarea del traductor es traducir. Y García Yebra dice que lo que debe ser tra-ducido, tras- ladado “llevado al otro lado” es la obra original. Trasladar los textos considerando las particularidades lingüísticas de los lectores del producto a traducir.

Suzanne Jill Levine, en su libro “Escriba subversiva: una poética de la traducción” (México, FCE, 1998), sostiene que el traductor literario, lejos de la idea tradicional de verlo como un escriba servil y anónimo, debe considerarse como un escribano subversivo. Su labor destruye la forma del original, a la vez que reproduce el sentido de una nueva forma; después de todo, la primera y última función de la traducción es la de relacionar ambiciosamente y con destreza los significados.

Hablar de traducción literaria, parafraseando a Esteban Torres en su “Teoría de la Traducción Literaria” (Madrid, Síntesis, 1994), no implica en modo alguno una “sacralización”del texto literario y su tajante separación de las restantes formas del discurso oral o escrito, sino todo lo contrario: “sólo se desea resaltar-ahora sí con palabras de Torres- que no se prescinde de las propiedades formales de expresividad, delimitación y estructuración que caracterizan al texto literario”.

Otro maestro y genio de la literatura y de la traducción, Jorge Luis Borges, en algún momento produjo, tal vez, en tono dubitativo, el siguiente discurso: “Quizá el oficio del traductor es más sutil, más civilizado que el del escritor: es obvio que el traductor viene después del escritor. La traducción es una etapa más avanzada”. Humildemente, nos identificamos con esta idea subrayada por el escritor argentino y nos hacemos cargo.

En un comentario sobre “La tarea del traductor” de Walter Benjamin, Maurice Blanchot escribe: “El traductor es un individuo extraño y nostálgico, experimenta en su propio lenguaje, aunque en forma de carencia, todas las afirmaciones presentes que promete la obra original (o lo que queda del original –un original que el traductor nunca puede alcanzar del todo ya que no está en casa, cómodo en su idioma, sino que es un huésped eterno que no vive alli-). Por eso, sí confiamos en los testimonios de especialistas, al traducir tenemos más problemas con nuestro propio lenguaje que con el que no poseemos”.

Estos comentarios parafraseados, compartidos y reforzados sirven como marco para presentar este artículo. Trabajar con las lenguas ha dado lugar a que desarrollemos una “conciencia interlingüística” -y, desde ya, irremediablemente, una “conciencia intralingüística”-: constituimos una única humanidad, retomando palabras de Mario Wandruszka (“Interlingüística”, Madrid, Gredos, 1980), pero no nos entendemos en la acepción más simple de las palabras, porque hablamos tres mil lenguas diferentes, porque nos distinguimos a causa del uso de innumerables dialectos y sociolectos”.

Ahora bien, pero ¿qué pensamos acerca de esos componentes lingüísticos que son las palabras –fundamentales para el traductor? Las palabras no son unívocas ni monosémicas. Para el agente traductorial no significan sino que son. Nacen a la vida cuando se pronuncian Las palabras son grafías, son sonidos. No son nada; no valen nada. Algunos dicen: son todo lo que tienen los traductores.

En cada comunicación verbal utilizamos las palabras como piezas de un juego. Esos juegos son producto de las relaciones semánticas que se ocultan entre las palabras y nos demuestran que el significado de las palabras varían según su uso –ya lo expresaba el filósofo del lenguaje, Wittgenstein- y su posición con respecto a otras unidades lingüísticas. Dicho de otra manera –en términos de S.J.Levine-, cuando juegan, las palabras hacen el amor: “conjugación y copulación”.
Traducir es jugar con las palabras y esos juegos confunden al traductor y, en ocasiones, lo obligan a traicionar. Recordemos las similitudes fonéticas entre traduttore y traditore y las diferencias semánticas. La traducción busca y enfatiza los vínculos ocultos que puedan existir entre dos lenguas, entre dos culturas, entre dos poesías.

Mencionamos juegos verbales, palabras, que nos llevan al léxico. El léxico designa al conjunto de las unidades que forman la lengua de una comunidad, de una actividad humana, de un hablante. Esas unidades no pueden estudiarse aisladas, ya que su análisis constituye una parte fundamental del discurso a traducir.

También debemos señalar que esas unidades lexicales son parte del estudio. Podemos expresar nuestras ideas no sólo mediante una palabra sino a través de frases ya existentes en la lengua, en locuciones, fórmulas verbales o modismos; o bien a través de variedades dialectales. Los estudiosos no han elaborado todavía un criterio único para enfocar la fraseología, clasificar los giros idiomáticos, determinar en qué se diferencian unos grupo de palabras de otros y que principios deben seguirse para analizar las maravillosas posibilidades de la lengua y de sus creadores. Es natural que así sea, pues las dificultades y sutilezas que se presentan en el estudio de las expresiones estables y frases hechas son infinitas. Otra problemática que es conveniente indicar es la que se relaciona con los topónimos.

Estas estructuras lexicales entrañan una gran dificultad para los traductores. Parafraseando un proverbio, se puede decir: Lo que es bueno para el retruécano es la muerte para el traductor.
El traductor debe disponer de un amplio saber lingüístico, de una importante competencia comunicativa en la lengua meta que le permita decidirse por la opción léxica adecuada. Muchas pueden ser las correspondencias que se den en la lengua 2. Entonces, se produce un fenómeno llamado diversificación.

También puede darse que en la lengua meta exista una sola correspondencia y hablamos de neutralización. Otra situación es posible cuando no sólo se dan menos expresiones en la lengua de llegada que en la original, sino que a una palabra no le corresponde ninguna. Así, pueden darse los llamados vacíos lexicales, que, según creemos, se superan con los préstamos, neologismos, calcos semánticos y hasta, en algunos casos, con la incorporación del elemento lingüístico de la lengua 1 y la nota aclaratoria a pie de página; por ejemplo, en el caso de los regionalismos.

Nos proponemos, ahora sí, después estas necesarias reflexiones, trabajar a Ernest Hemingway, y en la amplitud de su obra y de su interesante manejo lingüístico, un fragmento de una de sus obras más reconocidas. Debemos escuchar las voces de los escritores de otras latitudes e intentar entender las maneras en que a los lectores de español de la Argentina se les comunica la literatura, la literatura traducida, la literatura universal.

Hemingway es un escritor que maneja un lenguaje vigoroso, concreto y despojado. Su universo narrativo plantea conflictos entre una vida libre y otra exigida por vínculos sociales y afectivos. The Old Man and the Sea [trad. esp. El viejo y el mar] del año 1952 es la novela de la madurez del autor norteamericano. Para Hemingway como para sus personajes es inútil engañar a la vida, tratar de explicarse el problema del mal y del dolor, buscar sus causas en la coyuntura histórica y social. La vida es una mezcla de bien y de mal, cuya superficie puede ser brillante e ilusoria, pero debajo de ella hay otra realidad: el dolor y la muerte En la novela utiliza un símbolo, el pescador, para señalar el conflicto nunca resuelto entre hombre y naturaleza, entre el hombre y el gran pez.

Del párrafo seleccionado para trabajar, ofrecemos el original y la traducción realizada por Lino Novas Calvo y la de una de las coautoras del presente artículo.

He was an old man who fished alone in a skiff in the Gulf Stream and he had gone eighty-four days now without taking a fish. In the first forty days a boy had been with him. But after forty days without a fish the boy’s parents had told him that the old man was now definitely and finally salao, which is the worst form of unlucky, and the boy had gone at their orders in another boat which caught three good fish the first week. It made the boy sad to see the old man come in each day with his skiff empty and he always went down to help him carry either the coiled lines or the gaff and harpoon and the sail that was furled around the mast. The sail was patched with flour sacks and, furled, it looked like the flag of permanent defeat.

(Ernest Hemingway,
The Old Man and the Sea, Penguin Books, 1970. Great Britain)

Era un viejo que pescaba solo en un bote en el Gulf Stream y hacía ochenta y cuatro días que no cogía un pez. En los primeros cuarenta días había tenido consigo a un muchacho. Pero después de cuarenta días son haber pescado, los padres del muchacho le había dicho que el viejo estaba definitiva y rematadamente salao, lo cual era la peor forma de la mala suerte, y por orden de sus padres el muchacho había salido en otro bote que cogió tres buenos peces la primera semana. Entristecía al muchacho ver al viejo regresar todos los días con su bote vacío, y siempre bajaba a ayudarle a cargar los rollos de sedal o el bichero y el arpón y la vela arrollada al mástil. La vela estaba remendada con sacos de harina y, arrollada, parecía una bandera en permanente derrota.

(Ernest Hemingway,
El Viejo y el Mar, Editorial Seix Barral, 1986. Barcelona, España. Traduc. Lino Novas Calvo, cedida por Editorial Planeta)

Era un viejo que acostumbraba pescar solo en un pequeño bote en la zona de la Corriente del Golfo y ya habían pasado ochenta y cuatro días sin que pescara nada. Durante los primeros cuarenta días un chico estuvo con él. Pero después de cuarenta días sin un pescado, los padres del chico le dijeron que el viejo estaba sin ninguna duda, totalmente salao, que significa estar perseguido por la peor mala suerte y entonces, siguiendo las indicaciones de sus padres, el chico salió en otro bote que pescó en la primer semana tres buenos ejemplares. Al chico le causaba tristeza ver al viejo regresar día tras día con el bote vacío y siempre bajaba para ayudarle, ya sea para llevarle las línea enrolladas o el arpón y el lanza arpón y la vela que estaba plegada alrededor del mástil. La vela estaba remendada con bolsas de harina y plegada se veía como una bandera de permanente derrota.
(Traducción Aída Gryn)


En este pasaje de la obra se pueden considerar dos problemas en la búsqueda de los equivalentes lexicales para la traducción y un problema interesante entre las traducciones realizadas al español.
En primer lugar la unidad lexical salao, que utiliza el autor, se mantiene en las traducciones. Es una transcripción de una palabra que ha sufrido la elisión de la consonante –d. Hemingway ha respetado la forma de la oralidad. Según los diccionarios, es una forma utilizada en América Central, especialmente, en Cuba con el valor de desgraciado o desafortunado. Por lo tanto, es un regionalismo incorporado, sin equivalente. Una resolución posible cuando el sustituto en la lengua 2 no surge. Aquí rozamos toda una problemática que se suscita entre el traductor y el lexicógrafo. Éste debe presentar una serie de posibilidades para solucionar el caso de un elemento sin equivalencia ; mientras que el traductor tendrá que superar el plano del diccionario y resolverlo. No traslada el término y apela a recursos tipográficos para destacarlo.
En el texto original se expresa He was an old man who fished alone in a skiff in the Gulf Stream; en la primera traduccion, Gulf Stream, una construcción toponímica, se mantiene igual. En tanto, en la segunda se precisa Corriente del Golfo. Hay decisión de traducir la estructura. Aquí se propone un nuevo conflicto. En este caso, la equivalencia es posible. El traductor traduce textos y debe estar atento a las instrucciones semánticas, estilísticas, léxicas, gramaticales y extralingüísticas, o sea, el contexto histórico, cultural, social y físico, sin obviar al posible lector. La solución doble responde a intereses diferentes, pensamos. Mantener la fórmula en inglés, en la traducción de Seix Barral, es un indicio destacado del origen del autor y de la lengua que maneja; la segunda alternativa, también, es válida. ¿Por qué? El traductor literario es un buceador de otro texto, en el que se interna, investiga y reconstruye un nuevo discurso; sabe que se enfrenta a un texto no estandarizado ni normalizado. Por eso, traducir “algo posible”, una construcción que tiene sus equivalentes en la lengua traducida, no afecta sino se adecua, concretamente, en el texto elegido y resulta necesario.
Planteamos una tercera posibilidad de análisis, en el original se lee: and he had gone eighty-four days now without taking a fish. En la traducción hispana: y hacía ochenta y cuatro días que no cogía un pez. En tanto en la traducción que respeta la variedad de español utilizada en Argentina: y ya habían pasado ochenta y cuatro días sin que pescara nada.
El problema central está dado en una cuestión de equivalencia intralingüística. Hay palabras sinónimas –hablamos de este fenómeno semántico sin discutirlo- que no tienen diferencias desde el punto de vista del significado referencial ni del connotativo; sin embargo, se dicen de otra manera en España con respecto a Argentina. Las diferencias se dan sólo en el nivel del significante, de los formantes. Por ejemplo, en el español de la península hay una serie de verbos agarrar-asir-coger-tomar, cuyos equivalentes, en el español de la Argentina –un caso de traducción intralingüística-, son agarrar y tomar. El verbo coger no se usa con el valor signficativo de agarrar por ser un término tabú. La segunda traducción propone una forma concreta: indicar la acción a través del verbo que refiere a lograr un pez. Otro ejemplo parecido al citado, se da en la elección que hace el traductor de origen español y propone sacos de harina; mientras tanto, desde la variedad argentina, se prefiere bolsas de harina.
La traducción literaria es un desafío constante para quienes trabajamos con las lenguas porque sabemos que el texto escrito a traducir debe transformarse en un nuevo texto que se adecue a las variedades lingüísticas –español de la Argentina- y a los aspectos estilísticos del original. Sabemos que la tarea del traductor es traducir.

* Profesora y Traductora en Inglés.
*1 Profesora y Licenciada en Letras.

Diciembre de 2005. Nº 31.
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