Espacio Cultural Ciudad Gótica
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Sumario

Cardenal, por Jorge Boccanera
Oración Por Marilyn Monroe, por Ernesto Cardenal
Los cucos argentinos, por Marcelo Britos
Informe Dadaísmo, por Sergio Gioacchini
El arcón de Jorge Isaías: Edgar Bayley
El escritor virtual, por Adrián Bussolini
La duda cruel, por Andrea Ocampo
Los flagelantes, cuento de Marcelo Britos
Sección Traducciones: Ernest Hemingway, por Mabel Martínez y Aída Grynt
Novedades: nuevos libros
Guía para el uso de burócratas principiantes

Los flagelantes

por Marcelo Britos

Se abrieron las puertas del templo. Detrás de la virgen que bailaba sobre las cabezas como un estandarte de comparsa, los peregrinos cubrieron la calle solitaria del amanecer con el rumor informe de los secretos, con el ruido sordo de los pasos sobre la vereda.
Sólo una vez al año veía el cielo, la despertaban de su sueño erguido, en donde exhibía su tristeza rodeada de santos siniestros. Los chicos temían que alguna vez esas bocas pétreas se abrieran, que las pestañas se cerraran.
El silencio murió con las alabanzas, con los cánticos diáfanos que encontraban eco en las paredes viejas del pueblo. Sólo las mujeres levantaban la voz y le daban armonía al coro; de cerca podían oírse las voces estentóreas y torpes de algunos maridos obligados que escondían sus manos en los bolsillos para defenderlas del último frío del alba.
La virgen se abrió camino hasta llegar a la ruta, con la cola de peregrinos que rezumaban penas y oraciones. Desfilaban por la mañana ardiente; la alfombra del asfalto se nublaba en el horizonte.
El sacerdote mecía la sotana, sus rodillas la inflaban a cada paso. El sol ya le incendiaba la espalda, podían verse las manchas húmedas debajo de las axilas, en su estómago, los cabellos de la nuca ligeramente mojados. Pero él seguía regando el incienso que apenas sobrevivía en el viento.
Prohibieron el agua y la comida. Sólo podían mojar los pañuelos en un balde para aliviar los labios y la frente. El destino final aun era lejano: una iglesia a kilómetros de la capilla de la Virgen Milagrosa de San Antonio de los Verdes.
Las peticiones se escuchaban difusas, débiles, desde la garganta de los feligreses que las leían al frente de la columna. Pero la respuesta era gloriosa, estridente, el rumor se perdía en la quietud mortecina del campo. La misma frase, horas, caminos, siempre lo mismo.
Algunos iban quedando al costado de la ruta. Caían pálidos, con los brazos y las piernas colgando del cuerpo como trapos. La ambulancia los regresaba al pueblo. Las miradas que los despedían no eran piadosas. Los que abandonaban eran condenados, llevaban hasta la próxima primavera el mote de flojos y de cobardes. Algunos se redimían, otros luchaban para siempre con su derrota.
Atrás, al final de la serpiente humana, algunos jóvenes con guitarras animaban el sendero, entonces la soja era más verde, los árboles que se apretaban en el medio del llano parecían más grandes, queriendo ser bosque. Pero no se demoraron los pedidos de silencio, ya molestaban las sonrisas y el júbilo; la música terminó y volvió el clamor de los rezos y el agudo cortante de los lamentos.
Dos hombres con canastas comenzaron a recorrer la columna. Repartían a los peregrinos los azotes de dos cuerdas. En las puntas, en lugar de trallas, pequeñas esferas de madera para oír el restallido sobre la piel.
El sacerdote cantaba en latín, mientras azotaba su espalda. Todos lo imitaron, las cuerdas caían sobre los hombros y toda la ruta parecía un campo de trigo sacudiéndose con la brisa.
Sólo se oía el aplauso de los chicotazos. La magdalena castigaba sus piernas desnudas, otros la ayudaban y su piel irritada estaba enredada de cuerdas y de sombras.
Algunos rogaban que los azoten en los brazos, otros en las manos y en la entrepierna.
La policía del pueblo los protegía a distancia. El comisario tragaba la mitad del humo de un cigarro oscuro y mal quemado, y entre la bruma veía con indiferencia a los flagelantes. Pero antes de otra pitada, sonreía con sorna y disparaba comentarios irónicos al Cabo, que se santiguaba cada vez que la virgen se dejaba ver entre la multitud.
Una mujer se adelantó a todos y caminó junto al sacerdote. Lo miró fijo y se perdieron lágrimas en sus mejillas. Él asintió y ella comenzó a cruzar el cuerpo del sacerdote; lo hacía con saña, con rencor, lloraba a gritos mientras el flagelado seguía cantando en latín, sin arrugar su voz.
Una niña lo hacía distraída. El azote era demasiado grande para sus manos, entonces en un esfuerzo por acertar en la espalda, las esferas le golpeaban la cabeza y las orejas, sin fuerza. A veces corría a su padre, jugando, mientras él esquivaba los golpes, riéndose.
La mujer cayó de rodillas y el sacerdote la miró con desdén. Abrazó el cuerpo flácido y se esforzó hasta verla de pie, frente a él, para que no la atropellara la columna. Desenroscó las esferas de madera. Debajo de ellas, en los extremos de las cuerdas, estrellas de hojas filosas, incrustadas entre sí, le daban una nueva dimensión al dolor.
Devolvió el látigo a la mujer, con las estrellas plateadas destellantes, y ofreció el pecho. El primer intento desgarró la sotana y dejó ver los primeros hilos de sangre.
Todos quitaron las esferas. Una alfombra clara del color del barniz fue rodando a espaldas de los peregrinos; caían a la banquina como una lluvia de granizo.
Las prendas blancas se enrojecieron. Las piernas de la magdalena y las manos de los flagelantes se desgarraron como carne cocida.
El padre miró a la niña sin consuelo. Acarició el cabello rubio y soleado con delicadeza, para no enmarañarlo. Le pidió el azote. Le quitó la blusa y dejó al descubierto el cuerpo pequeño y fragil; luego sollozó antes del primer tajo.

 

Diciembre de 2005. Nº 31.
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