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Sumario
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Los flagelantes
por Marcelo Britos
Se abrieron las puertas del templo. Detrás de la virgen
que bailaba sobre las cabezas como un estandarte de comparsa, los
peregrinos cubrieron la calle solitaria del amanecer con el rumor
informe de los secretos, con el ruido sordo de los pasos sobre la
vereda.
Sólo una vez al año veía el cielo, la despertaban
de su sueño erguido, en donde exhibía su tristeza
rodeada de santos siniestros. Los chicos temían que alguna
vez esas bocas pétreas se abrieran, que las pestañas
se cerraran.
El silencio murió con las alabanzas, con los cánticos
diáfanos que encontraban eco en las paredes viejas del pueblo.
Sólo las mujeres levantaban la voz y le daban armonía
al coro; de cerca podían oírse las voces estentóreas
y torpes de algunos maridos obligados que escondían sus manos
en los bolsillos para defenderlas del último frío
del alba.
La virgen se abrió camino hasta llegar a la ruta, con la
cola de peregrinos que rezumaban penas y oraciones. Desfilaban por
la mañana ardiente; la alfombra del asfalto se nublaba en
el horizonte.
El sacerdote mecía la sotana, sus rodillas la inflaban a
cada paso. El sol ya le incendiaba la espalda, podían verse
las manchas húmedas debajo de las axilas, en su estómago,
los cabellos de la nuca ligeramente mojados. Pero él seguía
regando el incienso que apenas sobrevivía en el viento.
Prohibieron el agua y la comida. Sólo podían mojar
los pañuelos en un balde para aliviar los labios y la frente.
El destino final aun era lejano: una iglesia a kilómetros
de la capilla de la Virgen Milagrosa de San Antonio de los Verdes.
Las peticiones se escuchaban difusas, débiles, desde la garganta
de los feligreses que las leían al frente de la columna.
Pero la respuesta era gloriosa, estridente, el rumor se perdía
en la quietud mortecina del campo. La misma frase, horas, caminos,
siempre lo mismo.
Algunos iban quedando al costado de la ruta. Caían pálidos,
con los brazos y las piernas colgando del cuerpo como trapos. La
ambulancia los regresaba al pueblo. Las miradas que los despedían
no eran piadosas. Los que abandonaban eran condenados, llevaban
hasta la próxima primavera el mote de flojos y de cobardes.
Algunos se redimían, otros luchaban para siempre con su derrota.
Atrás, al final de la serpiente humana, algunos jóvenes
con guitarras animaban el sendero, entonces la soja era más
verde, los árboles que se apretaban en el medio del llano
parecían más grandes, queriendo ser bosque. Pero no
se demoraron los pedidos de silencio, ya molestaban las sonrisas
y el júbilo; la música terminó y volvió
el clamor de los rezos y el agudo cortante de los lamentos.
Dos hombres con canastas comenzaron a recorrer la columna. Repartían
a los peregrinos los azotes de dos cuerdas. En las puntas, en lugar
de trallas, pequeñas esferas de madera para oír el
restallido sobre la piel.
El sacerdote cantaba en latín, mientras azotaba su espalda.
Todos lo imitaron, las cuerdas caían sobre los hombros y
toda la ruta parecía un campo de trigo sacudiéndose
con la brisa.
Sólo se oía el aplauso de los chicotazos. La magdalena
castigaba sus piernas desnudas, otros la ayudaban y su piel irritada
estaba enredada de cuerdas y de sombras.
Algunos rogaban que los azoten en los brazos, otros en las manos
y en la entrepierna.
La policía del pueblo los protegía a distancia. El
comisario tragaba la mitad del humo de un cigarro oscuro y mal quemado,
y entre la bruma veía con indiferencia a los flagelantes.
Pero antes de otra pitada, sonreía con sorna y disparaba
comentarios irónicos al Cabo, que se santiguaba cada vez
que la virgen se dejaba ver entre la multitud.
Una mujer se adelantó a todos y caminó junto al sacerdote.
Lo miró fijo y se perdieron lágrimas en sus mejillas.
Él asintió y ella comenzó a cruzar el cuerpo
del sacerdote; lo hacía con saña, con rencor, lloraba
a gritos mientras el flagelado seguía cantando en latín,
sin arrugar su voz.
Una niña lo hacía distraída. El azote era demasiado
grande para sus manos, entonces en un esfuerzo por acertar en la
espalda, las esferas le golpeaban la cabeza y las orejas, sin fuerza.
A veces corría a su padre, jugando, mientras él esquivaba
los golpes, riéndose.
La mujer cayó de rodillas y el sacerdote la miró con
desdén. Abrazó el cuerpo flácido y se esforzó
hasta verla de pie, frente a él, para que no la atropellara
la columna. Desenroscó las esferas de madera. Debajo de ellas,
en los extremos de las cuerdas, estrellas de hojas filosas, incrustadas
entre sí, le daban una nueva dimensión al dolor.
Devolvió el látigo a la mujer, con las estrellas plateadas
destellantes, y ofreció el pecho. El primer intento desgarró
la sotana y dejó ver los primeros hilos de sangre.
Todos quitaron las esferas. Una alfombra clara del color del barniz
fue rodando a espaldas de los peregrinos; caían a la banquina
como una lluvia de granizo.
Las prendas blancas se enrojecieron. Las piernas de la magdalena
y las manos de los flagelantes se desgarraron como carne cocida.
El padre miró a la niña sin consuelo. Acarició
el cabello rubio y soleado con delicadeza, para no enmarañarlo.
Le pidió el azote. Le quitó la blusa y dejó
al descubierto el cuerpo pequeño y fragil; luego sollozó
antes del primer tajo.
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