Editorial
Y no me hiciste caso…
Si estás leyendo estas líneas,
ya atravesaste una barrera. Y, por lo tanto,
transgrediste una orden simple (aunque no del
todo clara, ¿pasar es igual a ingresar?).
Eso te cataloga como rebelde, como despreocupado
o, simplemente, como incauto. El objetivo de
la vida humana y sus códigos de conducta
para lograr una armonía social, muchas
veces caen en contradicciones, en rupturas,
actualizaciones, en una nueva fe.
Las prohibiciones fueron, en muchos casos, acuerdos,
convenciones para que las conductas individuales
favorezcan la creación de la paz o el
convenio de convivencia de las sociedades.
Existen grados o estamentos de las prohibiciones,
comenzando con las ancestrales de la religión,
las del poder de las instituciones en las que
se organizan las estructuras humanas y las particulares
de sus individuos. En general, todas ellas interrelacionadas
y tratando de no pisarse los sitios a los que
arriba, su coto de caza.
Cuando el hombre intenta crear vida de las cosas
inanimadas, genera una aberración, porque
superamos una instancia de tradición
humana y la normal evolución de los organismos.
Y eso nos da miedo, y no puede ser. Aunque sea
una invención, sólo un juego delicado
de la literatura.
Como tampoco podemos acceder a algún
grado de felicidad si transgredimos las normas
de una bella sociedad engreída y excluyente.
Ya sea apropiándose de lo ajeno (dinero,
joyas; mujer, rubia fatal); ya sea defendiendo
ideas renovadoras de la sociedad, donde los
que detentan el poder deben dejar de tenerlo,
o al menos morigerarlo; o lo que sea que hagamos
para cambiar el statu quo, genera como en espejo
una jurisprudencia y un poder policial (o militar)
capaz de mantener la raya en su lugar, sin variables.
El rico, rico; el poderoso, con poder. Una estrategia
es reprimir; otra, destruir el pasado, para
que se recree el futuro desde un presente satisfactorio.
Y qué decir del “dividir para gobernar”.
Así un misterioso y arrogante Dios, personaje
que respondía al puño del escribiente
de turno, confundió las lenguas. Y otro
escribiente, firmó el epitafio de bibliotecas,
emitiendo una simple orden a su ejército
represor.
El que prohíbe tiene con qué.
Muchas veces, es portavoz del espíritu
de su época. Otras veces, sólo
del espíritu del grupo humano que lo
sostiene en el poder. Lo que se convierte en
un problema.
Cuando una sociedad va confundida, desarrolla
un tipo de discurso que se relaciona con lo
prohibido y lo permitido, con el placer y el
límite, proceso que se va descontrolando,
generando disvalores y confusión.
¿Estamos en esta sociedad? ¿O
en cuál? ¿Nuestras prohibiciones
nos hablan de nosotros mismos? ¿Somos
quienes somos por lo que reprimimos?
Rompiste la faja de seguridad.
Ingresaste a Fanzín.
No digas que no te avisé.
Sergio Gioacchini
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