Resulta difícil determinar con precisión
dónde y cómo nació el Dadaísmo.
Podemos encontrar tendencias y manifestaciones dadaístas
en un pasado próximo o lejano, sin estar obligados
a usar el término Dadá al referirnos a ellas.
Un movimiento nace de la fusión mágica de
personalidades e ideas. La situación tensa y agobiante
de Suiza, neutral en el seno de la primera guerra mundial,
brindó el escenario apropiado. Podemos decir que
el nacimiento del Dadá fue en el Cabaret Voltaire,
a principios de 1916. Fue allí, en el corazón
de la esa tensa neutralidad, donde se formó esa constelación
de personalidades que engendró el movimiento. La
diversidad de caracteres, antecedentes y concepciones individuales,
canaliza en un mismo sentido, la energía nacida del
encuentro fortuito de gente de todos los países.
Por Sergio Gioacchini
Historia del «Voltaire»
Hugo Ball, filósofo, novelista, poeta, periodista y místico,
funda el Cabaret Voltaire.
Había llegado a un acuerdo con el señor Ephraim,
propietario del Mierei, un bar popular ubicado en el Niederdorf,
barrio de no muy buena fama, situado en la muy digna ciudad de Zurich.
Persuadió a Ephraim de que un cabaret literario aumentaría
la venta de cerveza, salchichas y sandwiches. Ball no tardaría
en atraer a un grupo de artistas que colmarían todas las
esperanzas del propietario del Mierei.
Con el correr de los días, Ball visita a todos sus conocidos
artistas, a quienes pide algún cuadro, un dibujo, un grabado,
etc. para agregar una pequeña exposición al cabaret.
A los periodistas amigos también acudió diciéndoles:
«Ayúdenme, publiquen anuncios. Quiero fundar un cabaret
internacional. Haremos algo que valga la pena».
Escribe el 5 de febrero de 1916: «El local estaba repleto,
muchos no consiguieron entrar. Alrededor de las seis de la tarde,
cuando todavía estábamos muy atareados ubicando afiches
futuristas, llegó una delegación de aspecto oriental,
compuesta por cuatro hombrecillos con cartapacios y telas bajo el
brazo. Luego de múltiples reverencias circunspectas se presentaron:
Marcel Janco -el pintor-, Tristán Tzara, Georges Janco y
un cuarto cuyo nombre he olvidado. Por azar, Arp también
se encontraba allí, y todos nos entendimos enseguida sin
necesidad de muchas palabras. Los opulentes «arcángeles»
de Janco no tardaron en estar colgados junto a otros bellos objetos,
y la misma tarde Tzara leyó versos de un estilo más
bien conservador, extrayendo bonachona-mente las hojas revueltas
de los múltiples bolsillos del saco».
Recitales de poesía francesa moderna alternaban con sesiones
de lecturas dedicadas a poetas alemanes, rusos y suizos.
En principio, el Voltaire fue un fenómeno literario; poemas,
relatos y canciones encontraron allí la forma de interpretación
adecuada.
Miembros y colaboradores
Habría que destacar al poeta Tristán Tzara, hombre
de vivacidad ardiente, fluidez intelectual e increíble agresividad.
Verdadero virtuoso de la vida y el lenguaje, se animaba crecientemente
a medida que a su alrededor aumentaba la batahola. En constante
actividad, parloteando en alemán, francés o rumano
con singular maestría, interrumpido a veces con gritos, sollozos
o aullidos. Repique de campanas y campanillas, tambores, golpes
sobre las mesas o cajones vacíos vitalizaban en forma inédita
el violento llamado del nuevo lenguaje poético, excitando
así, por medios puramente físicos, a un público
que al principio permanecía totalmente postrado ante sus
jarras de cerveza. Pero aquello acabaría por arrancarlo de
su estado de embotamiento, a tal punto que un verdadero frenesí
de participación se apoderaba de la gente.
Tzara encontraría su igual en la persona de su anti-amigo,
el médico y poeta Richard Huelsenbeck, quien había
sido arrastrado al torbellino del cabaret, que convenía perfectamente
a su personalidad. Su impertinencia consiguió oportunamente
irritar al público, con un látigo que agitaba al ritmo
de sus plegarias fantásticas, recién compuestas.
Al igual que Tzara, Marcel Janco había llegado a Zurich
procedente de Bucarest. Antes de marchar a Suiza había realizado
serios y profundos estudios de arquitectura. Esto se percibe en
los «relieves abstractos», que adornarían las
paredes del Voltaire, unas veces tallados en yeso o pintados, o
tallados en madera. Elaboraba los afiches Dadá, escribía
guiones cinematográficos e intervenía en los poemas
simultáneos.
Cabe destacarse también la personalidad de Jean Arp, poeta
y pintor:En su actividad plástica, Arp se dedica a trabajar
en papel, que luego reemplazaría por la madera, donde tallaría
redondeces llenas de colorido y sentido del humor, que no recordarían
en nada a aquellos que registra la historia del arte, pero agradaban
por su humor, la audacia de sus proporciones y su novedad. Única
mujer en ese cabaret compuesto exclusivamente de poetas y pintores,
la presencia de Emmy Hennings aporta un elemento indispensable a
las representaciones, a pesar de que su voz y alucoción no
conferían a su recital ningún interés artístico
en el sentido tradicional del vocablo. Sus agudos insólitos
eran más bien una afrenta, que inquietaba al público
tanto como las provocaciones de sus colegas masculinos. Había
conocido, en el curso de su juventud, a algunos de los mejores poetas
alemanes, a quienes había servido de musa.
Cómo nace el nombre de «Dadá»
Expresa Hans Richter: «Hasta ahora no ha podido establecerse
quién fue el que descubrió o inventó la palabra
Dadá, ni que significa en realidad. Cuando llegué
a Zurich en agosto de 1916, ya existía y nadie se preocupaba
en lo más mínimo de cómo ni el por qué
de sus orígenes.
Tzara y Janco acostumbraban a puntuar sus torrentes de palabras
rumanas con muchos «da-dá» afirmativos.
Ball deja el asunto en suspenso: «Dadá significa sí-sí
en rumano y caballo de juguete en francés. Para los alemanes
es una asociación de ideas entre el placer de la procreación
y el cochecito infantil.»
Tzara por su parte expresa el 1º de abril de 1916: «Una
palabra ha nacido... no sé cómo.»
Huelsenbeck afirma: «Ball y yo descubrimos la palabra Dadá
por azar en un diccionario alemán-francés, mientras
buscábamos un nombre de teatro para la señora Le Roy.
Una cantante de nuestro cabaret. El término figura también
en la expresión francesa: «Cheval á dada».
Un hecho es cierto: la palabra Dadá aparece impresa por primera
vez el 15 de junio de 1916 en el cabaret Voltaire.
El movimiento Dadá
«Están todos condenados: ¡De pie, de pie como
lo harían para oír la Marsellesa o el ´Dios
salve al rey...´
Dadá solo no huele; no es nada, nada, nada.
Es como sus esperanzas: nada;
como su paraíso: nada;
como sus ídolos: nada;
como sus políticos: nada;
como sus héroes: nada;
como sus artistas: nada;
como sus religiones: nada;
Silben, griten, rómpanme los dientes, ¿y qué?
Aún les diré que son unos retardados. En tres meses,
mis amigos y yo les venderemos nuestros cuadros por unos francos».
(Manifiesto Dadá de Francis Picabia, leído en la
«soriée Dadá» en el Théatre de
la Maison de l´Oeuovre, París, 27 de marzo de 1920).
Los dadaístas creían que el artista era el producto
de la sociedad burguesa y además, tradicionalmente, su apoyo
anacrónico y condenado.
Escribieron innumerables manifiestos, cada uno coloreando el concepto
de Dadá según el temperamento del autor de turno.
Pero, ¿de qué otro modo podía expresarse
la frustración y la furia? El Dadá se volcó
en dos direcciones: por un lado, en un ataque nihilista y violento
contra el arte; y por otro, en juegos, máscaras y bufonerías.
Picabia y Man Ray produjeron obras perfectas de agresión
Dadá en objetos como el «Retrato de Cézanne»,
de Picabia, un mono disecado, «El regalo», de Man Ray,
una ordinaria plancha chata con tachuelas en la base. Estas dos
obras combinadas con la sugerencia de Duchamp acerca de un «ready
made» recíproco: «Usen un Rembrandt como tabla
de planchar», funcionan como metáforas Dadá.
Picabia escribe irreverente en el «Jesús-Christ Rastaquouére».
«Siempre están buscando emociones ya sentidas, del
mismo modo que les gusta rescatar de la tintoría un viejo
par de pantalones que parecen nuevos cuando se los mira sin mucha
atención. Los artistas son tintoreros; no se dejen engañar
por ellos. Las obras de arte verdaderamente modernas no están
hechas por artistas, sino simplemente por hombres».
Cuando Marcel Duchamp, en 1913, montó una rueda de bicicleta
puesta al revés sobre un taburete y, en 1914, eligió
el primer ready made, un botellero del hotel de Ville, se dio el
primer paso en el debate que el Dadá en gran medida iba a
adoptar: ¿Esta acción del artista elevó al
objeto ordinario producido en masa a la categoría de obra
de arte, o como un caballo de Troya penetró en una obra de
arte para reducir todos los objetos y todas las obras de arte al
mismo nivel?
Duchamp explicó que la elección de un ready made
«depende del objeto en general, no se trata de convertirlos
en obras de arte. Hay que lograr una indiferencia tal que provoque
la ausencia de emoción estética. La elección
de ready mades se basa siempre en la indiferencia visual y, al mismo
tiempo, en una total ausencia de buen o mal gusto. El gusto es hábito:
la repetición de algo ya aceptado».
En 1923 abandona toda actividad artística (aparentemente).
Duchamp y Picabia se habían conocido a fines de 1910. Picabia
era entusiasta, rico, absolutamente nihilista y le gustaba el humor
grotesco de Alfred Jarry. Duchamp era reservado, irónico
y esotérico en sus gustos. Ambos buscaban escapar al hecho
de ser atrapados y clasificados entre la vanguardia de París
que era predominantemente cubista, y los dos sentían un extremo
rechazo por las actitudes reverentes ante la «naturaleza especial»
del artista.
Francis Picabia empezó a hacer dibujos de máquinas
bajo la influencia de Duchamp, desarrollando el potencial blasfemo
de la metáfora sexomáquina.
Cuando se realiza en Nueva York el Armony Show, que fue la primera
muestra de arte europeo de avanzada para el público norteamericano,
el escándalo se centró en una pintura de Duchamp,
«Desnudo bajando unas escaleras». Picabia y Duchamp
se unieron a un grupo de pintores y poetas igualmente insurrectos
que incluía a John Covert y Man Ray. Arthur Cravan participaba
en forma intermitente (en una oportunidad desafió al ex campeón
del mundo de todos los pesos, Jack Johnson, en un combate desastroso
realizado en Barcelona. Duchamp y sus amigos consiguieron que pronunciara
una conferencia sobre el arte moderno ante un auditorio elegante
en Nueva York, pero llegó borracho e inseguro del propósito
que lo había conducido allí y empezó a desvestirse
en el estrado. Por último desapareció durante un intento
de cruzar a remo el golfo de México infestado de tiburones).
Este grupo permaneció ignorante del «movimiento»
Dadá europeo al que se le había dado ese nombre en
Zurich en 1916.
Picabia fue a Barcelona a reponerse por unos pocos meses de los
excesos del alcohol y opio y allí, en 1917, publicó
los primeros números de su revista ambulante «391»,
la mejor y más duradera de las muchas publicaciones imbuídas
por el espíritu Dadá. Las actividades del grupo de
Nueva York culminaron en la publicación de los números
neoyorquinos de «391» en 1917, que coincidieron con
una acción espectacular de Duchamp. Invitado a formar parte
del jurado de una exposición en la galería Grand Central
que, modelada en la línea de los «independientes»
de París, daba derecho a que se presentara todo el mundo
a exponer, Duchamp envió un urinario de porcelana blanca
con el seudónimo de R. Mutt descuidadamente pintado en el
exterior. Cuando fue rechazado, renunció al jurado y el incidente
fue difundido en las hojas sueltas The Blind Man y Rongwrong.
Aún hoy la imagen del Dadá está llena
de contradicciones. Pero eso no puede sorprender, pues él
mismo incitaba al malentendido, e incluso lo provocaba.
A través de más de cuarenta años, el Dadá
ha cosechado la confusión que sembró. Pero esa confusión
era sólo un pretexto.
Sus manifestaciones no fueron más que un medio encaminado
a encolerizar a los pequeños burgueses, a fin de que esa
cólera los condujera a una avergonzada revelación
de sí mismos. La fuerza impulsora del Dadá no era
el escándalo en sí mismo, ni las contradicciones,
sino la cuestión fundamental de todo este siglo: «¿Adónde
vamos?».
El Dadá se desencadena sobre el mundo del arte como la
guerra sobre los pueblos. Estalla sobre él sin preaviso,
en medio de una atmósfera pesada y amenazadora, y dejó
como herencia nuevas ideas, nuevos hombres, nuevas tendencias que
apelaron a un público nuevo.
De él nacen formas totalmente inéditas de expresión.
Sus exponentes creían que el artista era el producto de la
sociedad burguesa y además, tradicionalmente, su apoyo anacrónico
y condenado. La guerra demostró finalmente su podredumbre,
pero en vez de ser capaz de aunar esfuerzos para la construcción
de algo nuevo, el artista aún estaba atrapado en la agonía
mortal de esa sociedad.
Era por lo tanto anacrónico, su obra estaba totalmente fuera
de lugar y los dadaístas querían probar en público
su despropósito.
El Dadá fue una expresión de
frustación y furia.
Pero, después de todo, los dadaístas eran pintores
y poetas y subsistían en un estado de compleja ironía,
pidiendo el colapso de una sociedad y de un arte de los cuales ellos
mismos dependían de muchas maneras, y la sociedad, para completar
la ironía, se mostró masoquistamente interesada en
abrazar al dadaísmo y pagar unos pocos céntimos por
sus obras con el propósito de convertirlas también
en Arte con mayúsculas.
La nueva ética se manifestó de diversas maneras,
según los países, los artistas y los temperamentos,
revelándose tanto de modo negativo como positivo, a veces
como arte, otras como anti-arte, profundamente moralista o totalmente
amoral.
Es comprensible que los historiadores de arte, habituados por
su actitud profesional a distinguir las características formales
de los estilos en sus distintas épocas, se hayan sentido
perplejos ante la contradictoria complejidad del Dadá. Se
propusieron medirlo en su ancho y su largo, así también
su profundidad, pero les era difícil captar su contenido
real. Los periodistas consideran que su contenido esencial se resume
en el escándalo que provocó.
Y en cuanto a las dadaístas mismos, cada uno relata de muy
buena gana su participación personal, con una modestia que
jamás fue una de las características típicas
del movimiento. Así, poco a poco acabó por esfumarse
la imagen real de Dadá, hasta reducirse a un borroso reflejo
en un espejo. Desde entonces ese espejo también se hizo trizas,
y cualquiera que haya recogido alguno de sus pedazos podrá
proyectar su propia imagen del Dadá...
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